Teléfono de la esperanza

MIEDO

Es relativamente fácil perder la referencia del día de la semana y del número de mes. Todavía no nos hemos despistado del todo si es abril o mayo. El caso es que, nos vamos acostumbrando a muchas cosas, tal vez a demasiadas, olvidando con rapidez un modelo de vida, que, aunque mejorable, era el nuestro. Pero claro, el miedo está ahí. Miedo a respirar, a tocar una barra de pan en el supermercado, a abrir una puerta como siempre se ha abierto. Miedo a un estornudo o a una tos, aunque sea por ese algo que algunas veces se queda en la garganta. Miedo a que nos adelante un corredor -runner, se llama ahora- . Claro, eso de un abrazo, ni hablar, que son ya dos metros los debidos para estar a salvo. Manos bien lavadas y gel, por si acaso. Y ropa a sesenta grados. Mascarillas, guantes y a ver las cifras diarias, suplicando a la pantalla del televisor que nos escupa mejores resultados y que nos digan que ya podemos empezar a desescalar. Con esto, nos basta.

Pero ahora surgen nuevos riesgos que sería bueno analizar para tomar buenas decisiones para el conjunto de la sociedad. Sería bueno reflexionar sobre dos de ellos. El primero es el riesgo de confundir una cifra con las personas que están detrás de ella. Nos referimos a las personas que han fallecido por causa de este virus y, sobre todo, a cómo lo han hecho. También es necesario mirar hacia sus familias y a la dolorosísima situación que han atravesado, ya que, en muchos casos, no han podido despedirse de sus padres, madres u otros seres queridos. Si ya es complicado decir adiós a una persona, no poder hacerlo se convierte en un agravamiento de la pena y en un comienzo más complicado del proceso de duelo.

Tampoco han podido realizar los ritos relacionados con la muerte. Desde un punto de vista psicológico, los ritos favorecen la aceptación del fallecimiento, el aterrizaje en la realidad de lo que ha sucedido. Además, los tanatorios, los funerales y los entierros e incineraciones, se convierten en momentos especiales en los que las familias que han perdido a su ser querido reciben el apoyo sincero, los abrazos y las lágrimas de otras personas que desean así transmitirles que no están solas.

Pero ahora, con más de cincuenta días de confinamiento, esto no está siendo posible, y muchas familias sienten que sus muertos se han quedado en puras cifras, puras estadísticas y que, si mañana son ciento veinte en vez de doscientos, el resto estaremos de enhorabuena y a por otro día, a ver si vuelve a bajar mañana. El segundo riesgo tiene que ver también con el miedo. Pero con el miedo a comenzar a salir a la calle, a los parques, a los bares, a los cines, a las tiendas. Cuando se pueda, claro. Miedo a que la persona que tengamos al lado no esté bajo sospecha y todo esto. Estamos oyendo lo de los pasaportes inmunológicos, de los seguimientos por geolocalización, lo del control de la temperatura a la entrada de un supermercado. Será necesario hacerlo muy bien, porque de lo contrario, puede ser muy fácil comenzar a clasificar a las personas en función de si son o no un riesgo para el resto. Clasificar y aislar. A los niños, porque muchos pueden ser asintomáticos. A las personas mayores, porque son población de riesgo. A las personas que no tienen anticuerpos, porque pueden infectarse y así transmitir la enfermedad. Es decir, riesgo de brazaletes y estrellas de otros tiempos. Los miedos se retroalimentan solos y de nosotros depende que todo esto no se nos vaya de las manos cuando podamos saludarnos por las calles y contarnos qué tal nos ha ido durante este tiempo. Dentro de unos meses, tal vez con un abrazo.

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